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En su primera batalla para conquistar la Tierra Prometida, las fuerzas especiales de Josué se infiltran clandestinamente y destruyen Jericó desde dentro a pesar de la supuesta impenetrabilidad de sus murallas. Allí, los espías de Josué cuentan con la ayuda de Rajab. Mientras el ejército de Josué desfila por la ciudad amurallada, los israelitas introducen sigilosamente fuerzas especiales en la casa de Rajab.
Durante un tiempo, la victoria de los galos parece posible. Superan en número a los romanos y mantienen su posición en la fortaleza de Alesia. Julio César construye una segunda muralla alrededor de la ciudad para cortar cualquier vía de suministro. Cuando llegan los refuerzos galos para romper el bloqueo, César cambia de estrategia y construye una tercera muralla entre su ejército y los refuerzos.
Un ejército ateniense claramente en desventaja, utiliza su conocimiento del terreno para poner fin a un ataque devastador de los persas. Tras años de humillación, el ofendido ejército persa decide dar una lección a los atenienses. La enorme flota persa parece predestinada a derrotar al pequeño ejército de Atenas, abandonado por sus aliados, los espartanos.
Tras una excelente maniobra, Moisés dirige a su pueblo hacia las afueras de Egipto y conduce al ejército egipcio hasta la muerte. Muchos consideran este éxodo israelita un acto de intervención divina. Fuera o no inspirado por Dios, el Éxodo no fue sólo una migración de esclavos sino una maniobra militar de un grupo de mercenarios endurecidos por el combate.